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Mayari Arruabarrena

Leonardo Da’Vinci, como todos sabrán fue un genio, a lo cual agrego, que además tuvo suerte, mucha suerte. 
Si hubiera nacido, por ejemplo en la Edad Media y no en el Renacimiento, hubiera tal vez, pintado algunos frescos y cuadros para el clero y para algún noble. Hasta que, probablemente, hubiese terminado alimentando alguna hoguera de la inquisición, por sus ideas que en ese momento habrían sido catalogadas demoníacas, o con suerte, ideas de un loco peligroso para convivir con el pueblo. Tampoco, a no ser que lograra el permiso de la Santa Inquisición, hubiese podido hacer las disecciones y estudios forenses que le permitieron no solo saber de anatomía sino también, perfeccionar sus pinturas dotándolas de seres en movimiento que sumamente expresivos, parecen estar vivos.
Naciendo en el presente, probablemente tampoco podría desarrollar todo su talento, pues como niño disperso que se divagaba en detalles, que dejaba tareas inconclusas para dedicarse a algún otro desafío, lo hubieran diagnosticado con “déficit atencional” y lo tendríamos tomando medicamentos al respecto, para focalizar la atención en lo que sus mayores le indicaran.
Se afirma que Italia fue la cuna del Renacimiento y que Florencia se convirtió en uno de los mayores centros del arte y de la intelectualidad de toda Europa. Desde la antigua Atenas, no se juntaba en una misma ciudad un grupo tan numeroso de brillantes artistas. Luego de unos diez siglos que duró la Edad Media, con sus oscurantismos y represiones, resurge un ser humano más libre, deseoso de experimentar y con ansias de observar y explicar racionalmente lo que le rodea. No solo el arte y la arquitectura tuvieron un renacer, sino también las ciencias: Copérnico con la teoría heliocéntrica, el belga Andrés Vesalio con el desarrollo de la anatomía, las exploraciones transoceánicas que llevaron a los europeos a descubrir que el mundo era más amplio y complejo de lo que ellos conocían.

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Pues bien, Leonardo para su suerte nació en el Renacimiento, en la localidad de “Vinci” cercana a Florencia, fruto de una relación extramatrimonial entre un adinerado y joven notario, con una aún más joven campesina, hecho que también le favoreció. Si sus padres se hubiesen casado, y al ser el primogénito del notario, lo hubieran enviado a estudiar la misma profesión, lo que era tradicional en su familia y común entre las pudientes de esa región y ese tiempo. Realizó algunos estudios relacionados al cálculo en la escuela de ábacos, que luego le sirvieron para sus proyectos ingenieriles, para el estudio de la perspectiva y el dibujo. Desde niño mostró ser muy observador de la naturaleza, con interés por el dibujo y la pintura. La familia paterna no tuvo problema en que fuera a Florencia a probar suerte en su vocación. Allí, luego de obtener el grado de orfebre, se vinculó a un taller de un gran maestro, Verrocchio (de quién aprendió el oficio de ser pintor, el movimiento que transmiten las esculturas, la vida comunitaria de un taller) y a quién luego superaría. Pasó de ayudar a su maestro en ciertas obras a que su maestro lo ayudara. 

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Florencia, en los tiempos de Leonardo, era un lugar ideal para el desarrollo artístico e intelectual, una combinación perfecta de ganas de renacer, de redescubrir la sabiduría de la antigua Grecia, de experimentar y compartir los hallazgos y también de mecenas que apoyaron todo este movimiento. En esa época, Italia estaba dividida en reinos (Milán, Nápoles), en algunas repúblicas (Florencia y Venecia), también tenía su poder Roma, donde residía el Papa, y otras regiones secundarias. Todas esas ciudades competían por tener las mejores construcciones, obras de arte, etc.  Los nobles y personas pudientes disfrutaban el vestirse  con terciopelos, sedas traídas desde Japón y otras lujosas telas y joyas y así pasearse por la ciudad luciendo elegancia y dinero. Había mucho color, texturas y estímulos visuales diferentes, contrastando con los grises y negros de la Edad Media
Vivieron en ese “tiempo/espacio” personajes muy visibles como Leonardo y otros que han permanecido más ocultos pero que fueron también valiosos por sus aportes al mundo en general, y en este caso a la obra de Leonardo. A modo de ejemplo, Leonardo leyó un libro sobre la pintura y perspectiva realizado por el artista Alberti, el cual fue la base sobre la que investigó y experimentó perspectivas en sus creaciones, que luego complementó aplicándoles su famoso “sfumato”. A propósito del “sfumato” de Leonardo, el cual dotaba a sus obras de un aurea de imaginación y misterio, fue fundamental para lograrlo, la incorporación de pintura al óleo (que ya era comúnmente utilizada en Flandes pero no en Italia) para lograr pintar delgadas capas de pintura, una sobre otra y dar los efectos deseados. Leonardo supo combinar aportes de otros lugares, de otras personas, con sus propios aportes realizados en diversos temas, aparentemente no muy conexos (autopsias con pintura, etc), logrando una obra única. 
Leonardo, Alberti y otros tantos artistas e intelectuales eran amantes de la amistad y del compartir. Se conformaron entonces comunidades con sus individualidades, bondades y egos, pero que en su conjunto fue excepcional y ayudó al surgimiento de grandes personalidades como el arquitecto Brunelleschi, el escultor Donatello y los pintores Miguel Ángel Buonarroti, Rafael Sanzio, Sandro Botticelli y Bramante, entro muchos.  Italia con sus mecenas, con sus ciudades que atraían a artistas e intelectuales, actuó como organismo vivo impulsor (un “Aleph” diríamos en Quanam) que permitió que dicho conjunto de artistas pudiera surgir, desarrollarse y brillar hasta nuestros días.  Había una atmósfera propicia…


PD: Leonardo además tuvo la suerte de ser hombre, pues la mujer, como en tantos tiempos y lugares, estaba predestinada a cuidar una familia, a ser un elemento decorativo en la mejor de las situaciones, y cuyos impulsos creativos los podría plasmar en la cocina o en la costura.


Ing. Mayarí Arruabarrena

Consultora en plataformas de negocios