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Hector Cotelo

Allá por abril arrancábamos las clases de “Jóvenes a Programar”, programa de Plan Ceibal que Quanam apoya y promueve, atribuyendo horas de sus consultores para hacer docencia, formando y capacitando a jóvenes en técnicas y herramientas de Business Intelligence.

Teníamos cinco grupos a cargo, cuatro de Montevideo y uno de San José. Luego se sumó un sexto grupo en Artigas.

A las pocas semanas de haber comenzado me enamoré del proyecto, el cual sin dudas es hasta el momento, el más motivador en el que he participado.

La misión del programa es brindarle a un montón de jóvenes la oportunidad de desarrollar sus conocimientos para ampliar sus posibilidades de inserción laboral en un rubro con alta demanda como lo es el de TI. 

Digamos que es un “win-win”, los jóvenes se forman para poder insertarse en el mercado laboral y la industria cubre su alta demanda con gente capacitada.

El curso dura 8 meses y en ese tiempo los chicos aprenden las herramientas que necesitan para empezar a trabajar en el sector tecnológico. En nuestro caso es BI, pero también hay cursos de Genexus, Python, Desarrollo Web, .NET y testing. 

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Es un curso gratuito y para participar no se exige experiencia alguna. Los únicos requisitos son tener entre 17 y 26 años y haber aprobado el ciclo básico de Educación Media (3er año de liceo o UTU). 

Esto lo hace muy integrador, ya que se forman grupos en todo el país y a su vez en cada uno de ellos participan personas de diferentes lugares, con formas de ser y vivir de lo más variadas.

Semana a semana se dictan 6 horas de clase: 4 se dedican a la parte técnica (Business Intelligence en nuestro caso), 1 a inglés y 1 al desarrollo de competencias transversales (compromiso, toma de decisiones, comunicación, gestión del tiempo, trabajo en equipo, creatividad, armado de currículum vitae, planificación de una entrevista laboral, etc.).

Las tres partes son imprescindibles para la formación integral de cada alumno, y su desarrollo es posible gracias al esfuerzo de los profes técnicos y de inglés pero sobre todo a los líderes de los grupos, que son quienes acompañan a los jóvenes durante todo el proceso, estando junto a ellos, apoyándolos en el día a día.

Para que el programa sea escalable y alcance a un gran número de jóvenes de todo el país la modalidad es presencial por parte de los alumnos que van hasta un centro educativo y comparten ahí con la líder del grupo, mientras que los docentes técnicos y de inglés se conectan generalmente por videoconferencia, aprovechando la red de Ceibal.

Una de las razones por la que el proyecto me resultó tan motivador fue porque me permitió trabajar con un equipazo. 

Quanam puso a disposición a varios de sus más experientes consultores: Gigliola Yemini, Gustavo Mesa, Federico Balsa, Pablo Cuadro y Martín Cal. ¡El “benjamín” Cal es el que hace menos tiempo que trabaja en Quanam y le falta poco para cumplir 7 años como consultor!

Considero que si no fuera por el señority del equipo, que en todo momento hizo lo necesario para que las cosas pasen, demostrando aplomo y desenvoltura, el curso no hubiera salido tan bien. 

Seguramente no somos los mejores profesores del mundo y hemos cometido un montón de errores, pero sin dudas los chicos se encontraron con un grupo de personas que actuó con profesionalismo, pasión y mucho cariño.

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Esto hizo que nos esforzáramos para que todas las clases fueran aprovechables, y que los alumnos siempre se llevaran una idea para pensar. 

También tengo que agradecerles a las líderes de los grupos, ¡unas capas! 
A las Lucías, Vignoli y Doreste, a Lucila Fernández, a Lorena Rodríguez y a Rita Marquisio, muchísimas gracias por la buena onda y por ayudarnos siempre in-situ para que las clases salieran de la mejor manera, a pesar de los problemas que pueden presentarse por hacerlo a distancia, desde el otro lado de la pantalla.

El trabajar con un equipo 100% comprometido con la tarea, priorizando siempre a los chiquilines fue un factor clave por lo que el proyecto me resultó tan motivador pero no fue el único.

También lo fue por el desafío que significaba para mí el hecho de encarar algo nuevo. Si bien ya tenía experiencia dando clases en la Universidad Católica, no es lo mismo hacerlo de forma presencial para jóvenes de aproximadamente la misma edad y con el mismo bachillerato completo aprobado, que dictar clases a distancia a un público totalmente heterogéneo con backgrounds teóricos bien disímiles.

Y lo que sin dudas más me copó fue la veta social del proyecto. Me encanta ayudar y sentirme útil para la comunidad; de alguna forma intentar aportar lo que puedo para que haya igualdad de oportunidades reales para todos y no quedarme en lo meramente discursivo. 

Lo siento como una responsabilidad y entiendo que cada uno debe aportar lo mejor que tiene para generar un país mejor. Como dijo el almirante Horatio Nelson: “England expects that every man will do his duty”.

Hoy en Uruguay 1 de cada 2 personas nace en contextos vulnerables y si no hacemos nada su destino parece estar escrito desde ese momento, incambiable, ya que en esa realidad solo 13 de 100 logran terminar el liceo. Esto, porque no tienen las mismas oportunidades que el resto.

Y la consecuencia es muy grave: en un mundo donde cada vez se valora más el conocimiento, se les hace muy difícil conseguir un empleo formal y bien remunerado.

Por eso “Jóvenes a Programar” es muy valioso ya que genera nuevas oportunidades para todos los que se suman. Y muestra de esto es que en Quanam ya hay dos ex alumnos trabajando. 

Finalmente, quiero agradecer a todos los que me dejaron formar parte de este hermoso proyecto (especialmente a los alumnos que me tuvieron que bancar), el cual me nutrió a mí tanto o más que a ellos.
¡Fue un honor y un placer compartir este año con ustedes! ¡Salute!